Suele ocurrir

Hace un momento estaba buscando unos papeles que creía tener guardados no sé muy bien donde, y he encontrado algo mucho más interesante. Seguro que a más de uno le ha pasado alguna vez: buscas una cosa y te encuentras otra… Esto me ha dado pie a contar algo que me ocurrió hace años:
Me encontraba comiendo en un pequeño y agradable restaurante y al terminar, pedí que me trajeran nuevamente la carta de vinos. Me había recreado observándola con detalle cuando me la mostraron al llegar, pero quería comprobar de nuevo el precio de una botella.
El restaurante era tan pequeño que allí sólo había una persona: el dueño-camarero-cocinero, con quien había entablado ya una pequeña amistad, fruto de alguna que otra visita anterior. Le pedí que me vendiera la botella de Vega Sicilia del 64 que anunciaba en su carta y él, muy cortésmente me dijo que no. No debía estar muy seguro de que estuviese en condiciones de beberse teniendo en cuenta la añada y tampoco le parecía correcto dejar que me la llevara y arriesgarse a una posterior reclamación. Yo le aseguré que aquello no ocurriría, que asumía el riesgo y por fin, y como último recurso le conté el verdadero motivo de mi petición: la quería para celebrar el futuro nacimiento de mi hijo.
Yo creo que eso le convenció y, aunque la verdad es que no esperaba todavía ningún hijo, lo cierto es que deseaba con todo mi corazón que eso ocurriese, y no para poder beberme la codiciada botella de vino, sino porque realmente estaba muy ilusionado con la idea de ser padre.
Pues bien, mi hijo tardó tanto en llegar, que una tarde cualquiera, no recuerdo cual, aprovechando la visita de mi hermano a casa, con un buen trozo de pan y un cacho de queso, nos bebimos aquella botella que nos supo a gloria bendita.
Mi padre, que no iba a la iglesia ni aunque le llevaran a rastras, decía que beber un buen vino era como hablar con Dios. Un sabio es lo que era mi padre (y un magnífico gourmet, todo hay que decirlo).
 En fin, esto es lo que ocurrió, aunque lo cierto es que la historia no acabó ahí. He de decir, que al dueño del restaurante volví a convencerle contándole ya no sé que historias, para que me vendiera la segunda y última botella que le quedaba de ese magnífico vino, cosecha del 64 como mi esposa, y que ésta si me la bebí celebrando el feliz nacimiento de mi querido hijo.
Aquí os dejo una muestra, que acabo de encontrar mientras rebuscaba entre unos papeles algo que, en este preciso momento, ya no me interesa.
a99c5-1964

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