El viejo

30ac7-dscn0653Al ver a mi hijo corriendo por esta plaza tras unas palomas, le llamé y le propuse observar lo que allí mismo  estaba pasando. Un viejo con dos bastones, uno en cada mano, cruzaba con dificultad la plaza del pueblo hasta llegar a un banco donde sentarse. Le seguían, también caminando, un montón de palomas y pájaros sin demostrar miedo alguno hacia aquel anciano. Me imaginé lo que iba a pasar y decidí llamar a mi hijo y contarle en voz baja lo que estaba viendo. Nos sentamos en un banco cercano mientras le decía: -Mira a ese señor que va caminando con dos bastones, mira cuántas palomas revolotean a su alrededor, parece que no le tienen ningún miedo, le conocen seguro. Cuando llegó al banco, pasó la mano por encima varias veces y con un pañuelo que sacó de su bolsillo, secó perfectamente el sitio donde iba a sentarse, pues acababa de llover y estaba todo empapado de agua. Era impresionante cuántas palomas había ya a su alrededor. Con la mirada fija en ninguna parte, el ciego sacó una cajita que tenía en un bolsillo y comenzó a desmenuzar un trozo de pan. Un montón de pajarillos y palomas se arremolinaban a sus pies intentando alcanzar alguna miga que el anciano esparcía sin inmutarse. Mi hijo observaba con atención y escuchaba mientras le decía: – Seguro que alguna se le posa en la mano, no parece que a él le tengan ningún miedo. Al contrario, parecen confiar en él. Era una estampa verdaderamente curiosa, había pasado de intentar jugar al fútbol sin balón, a quedarse pasmado con la imagen de aquel viejo. Efectivamente, un par de palomas, las más atrevidas, se subieron a sus manos y picotearon el pan sin que el abuelo mostrara ninguna sorpresa. Seguía a su ritmo, desmenuzando el currusco de pan y sin demostrar emoción alguna. Le dije a mi hijo que el señor era ciego. -¿Cómo lo sabes? me preguntó. Observa su mirada perdida, no mueve la cabeza, mira siempre al infinito, no presta atención a lo que está pasando delante de él. De repente, agarró con fuerza a una de las palomas. Todas las demás volaron rápidamente asustadas y se quedó solo con una paloma que aleteaba desesperadamente sus alas intentando soltarse. Yo me temí lo peor y mi hijo miraba con los ojos como platos. Sujetó bien a la paloma, la acarició y la tranquilizó, ofreciéndole algunas migajas de pan, luego la soltó y la paloma salió volando hasta posarse a cierta distancia de aquel banco. El anciano siguió desmenuzando su pan y en cosa de segundos, volvió a rodearse de pajarillos y de palomas, que quizás con un poco más de cautela, siguieron picoteando las migas que aquel viejo ciego había traído para ellas.

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