El precio de la risa

Ha pasado mucho tiempo. Pero todavía hoy, cuando oigo reír a un niño, me acuerdo de Daniel.
Avanzábamos casa por casa. Conquistando únicamente ruinas de aquel maldito pueblo que resistía palmo a palmo, como un agonizante con el corazón fuerte todavía. Un estruendo del infierno nos rodeaba y nos calaba hasta los huesos el miedo de la noche. De cualquier esquina, de cualquier ventana nos podía llegar la muerte. Y avanzábamos lentamente, como si jugáramos a un trágico escondite en el que la prenda era nuestra propia vida.
Ibamos borrachos de fuego. Sólo los nervios en tensión nos mantenían en pie. Más que contra una oscura tentación de dejarnos caer, de agarrarnos a la tierra y esperar quietos. Mortalmente quietos. ¿Para qué seguir? ¡Estábamos cansados!
A mi lado venía Daniel. El Daniel de los chistes y las bromas, el de las canciones sentimentales en la calma de la trinchera, el novio de todas las mozas de su pueblo. Daniel era un chaval estupendo al que le sobraba vida por los cuatro costados del zumo de sus veinte años. Pero avanzaba, como yo, con los labios apretados y la frente oscura. Pegándole latigazos al miedo. Con los ojos fijos hacia adelante, que le dolían de esquivar a ciegas la muerte.
Una casa más. Otra. Una carrera frenética para cruzar la esquina peligrosa. Y, desperdigados en torno nuestro, los demás hombres que participaban en el ataque. Cada vez menos hombres y cada vez más bultos tronchados en el suelo. Quietos. Supongo que si se nos hubiera podido ver desde lo alto pareceríamos cucarachas estúpidamente empeñadas en correr hacia una pared final que al derrumbarse las aplastaría a todas.
Al ir a doblar la siguiente esquina nos recibió una ráfaga de metralleta, que pudimos evitar saltando a tiempo a la protección de una casa en ruinas. Y allí quedamos tendidos. Inmóviles. Con un ardor repentinamente frío, rancio y áspero en la frente. Con la tentación cada vez más fuerte de quedarnos allí para lo que fuera, escondidos entre la noche y las piedras. Pero las granadas caían también cerca de nuestro mezquino escondite como frutas maduras de un árbol de destrucción. Había que seguir. Había que saltar de nuevo.
– ¡Vamos, Daniel!
-Si, vámonos.
Ya tenía yo preparada y tensa la postura para el salto, cuando Daniel me sujetó por el brazo.
-¡Espera!
-Es peor esperar. Vámonos ya -le contesté.
Daniel seguía sujetándome y dijo:
-¿No has oído?
-Estoy oyendo el infierno entero. ¡Por todos los demonios, vámonos ya!
-Escucha -insistió-. Está llorando un niño.
Efectivamente, muy cerca de nosotros, bajo un montón de piedras, donde no parecía que pudiera existir vida alguna, se oía débilmente el llanto de un niño. Daniel soltó su arma y empezó a retirar aquellas piedras con prisa.
-No seas loco ¡vámonos! Seguro que está a punto de morir. Y si nos quedamos moriremos todos.
-Vete tú si quieres. Yo me quedo.
Habría sido inútil resistir. Dejé mi arma junto a la da Daniel y me puse a ayudarle. En efecto, estábamos locos. La muerte invadía la tierra sin respeto a nadie y nos empeñábamos en salvar la vida de un niño al que no habíamos visto nunca y que probablemente moriría unos momentos después.
Allí estaba, al fin. Absolutamente ileso. Tendría un año o algo más.
Había dejado de llorar y nos miraba con los ojos más tristes que recuerdo haber visto nunca. Desde entonces sé que no hay nada tan triste como los ojos tristes de un niño. También nosotros le mirábamos. Como si estuviésemos contemplando un milagro. Como si viéramos crecer ante nuestros ojos una flor en un estercolero.
-¿Y ahora qué? -pregunté a Daniel.
-No podemos abandonarle -me contestó.
Su locura iba haciéndose demasiado peligrosa. Intenté que lo comprendiera. Ni podíamos quedarnos allí para protegerle, ni llevárnoslo con nosotros lo que supondría su muerte segura.
-No podemos abandonarle -insistía tercamente Daniel.
-Mira -argumenté-, haremos una barricada que lo mantendrá a resguardo y cuando termine la operación volveremos a buscarle. Te lo prometo.
El tiroteo seguía incesante. Al parecer nuestro avance había sido detenido y se luchaba sin tregua no lejos de nosotros. Constantes explosiones hacían la noche más blanca que negra. Daniel se había rendido a mi proposición y, olvidando el riesgo, terminamos la barricada de piedras que debía proteger al niño.
-Anda, Daniel, esto ya está, ¡vamos!
Daniel miraba al niño y no se movía de su lado.
-No puedo -me dijo.
-¿Qué ocurre ahora?
-No me puedo ir. ¿No te das cuenta? ¿Te has fijado en la tristeza de sus ojos? Si me voy dejándole así, su mirada me perseguirá siempre.
Jamás podré volver a dormir, ni a reír, ni a cantar. En esos ojos está toda la tristeza y toda la acusación del mundo.
-El tiroteo se aleja, Daniel. Se diría que los nuestros retroceden. Nos van a achicharrar.
-En seguida nos vamos. Espera. Antes quiero verle reír. Quiero escuchar su risa de niño que nos absuelva del pecado de la guerra. Todos los niños tienen que reír ¿comprendes? ¡También éste!
Y entonces contemplé la escena más insólita que contemplé en mi vida.
Rodeados de aterradoras descargas, bajo el cielo herido de fuego mortal, con la música más espeluznante de las balas sobre nuestras cabezas, Daniel intentaba jugar con el niño. A gatas. Dando saltos. Haciendo difíciles muecas y complicadas contorsiones para provocar su risa.
Yo mismo estuve a punto de echarme a reír en la situación más inverosímil de mi vida. Pero el niño seguía impresionantemente serio, mirando a Daniel sin entender nada desde la profunda tristeza de sus ojos.
Entonces fue la gran explosión. La granada estalló justo encima de nuestras cabezas. Ví como caía Daniel, que se había erguido imprudentemente en su afán de divertir al pequeño con sus monigotadas y durante unos instantes perdí el sentido de donde me encontraba.
Cuando me recuperé, lo primero que oí fue la risa del niño. ¡Ya estaría contento Daniel! Pero ¿porqué no decía nada?. Le vi tendido junto al niño, me acerqué a rastras. Estaba muerto. Hilillos de sangre resbalaban zigzagueando por su rostro y eso era lo que hacía reír al niño que, manoteando inocentemente sobre la cara de Daniel, desbarataba el curso de los diminutos riachuelos de sangre con unos dedos que todavía no tenían malicia. Y seguía riendo.
Ha pasado mucho tiempo. Pero todavía sigo haciéndome la misma pregunta que en aquel momento llenó mi corazón y mi cabeza y mis manos y todo mi ser. ¿cuántos hombres tendrán que morir para que vuelvan a poder reír todos los niños del mundo?

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