Romances Moriscos III

Tras una falsa salida,
de Orán junto a las murallas,
el viejo moro Almanzor
desangrándose expiraba,
con el pecho atravesado
por el hierro de una lanza.

Y así le dijo a su hijo
que arrodillado a sus plantas
con el lino de su manto
la sangre le restañaba:

” -No me arranques, hijo mío,

este hierro que me mata,
que quiero hacerte un encargo
antes que vuele mi alma.

 

En una bolsa de cuero
que pende de mi garganta,
guardo la lleve de oro
de mi casa de Granada.

 

Está al pie de los bermejos
torreones de la Alhambra,
y su blancura se espeja
del Darro en las frescas aguas.

 

Ella es toda mi fortuna;
como una reliquia guárdala,
hasta que torne de nuevo
la media luna de plata
a brillas más refulgente
en el cielo azul de España.- “

 

Y era tan rudo el esfuerzo
para hablar, que se agitaba
sobre el pecho ensangrentado
su luenga y canosa barba.

 

Expiró tranquilo el viejo,
y al vidriarse su mirada,
sobre el oro de la llave
resbaló su última lágrima.

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