Obrar a tenor y sin extralimitarse

Dice un viejo autor que el cultivo de la viña se extendió tanto bajo la república romana, que la gente se entregó sin freno a beber vino, y que, en este aspecto, los excesos que cometieron fueron tales asegura púdicamente el viejo y desconocido autor, que les arrastraron insensiblemente a otros que atañían al honor de los maridos.
Reclamaron, y “sus quejas y sus gritos se oyeron en todas partes”.
Se necesita ser romano perdido para no indignarse con lo que sucedió después. Prohibieron beber a las mujeres. Por lo menos en Estados Unidos, cuando promulgaron la Ley Seca -que no la hubieran promulgado si hubiesen bebido vino y no las porquerías que bebían-; su brutalidad alcanzaba lo mismo a los hombres que a las mujeres.
El castigo era todo lo leve que puede esperarse de una tribu bárbara: pena de muerte a la mujer que bebiera vino.
Lo que viene ahora es muy divertido. De no ser así, me hubiera abstenido de refrescar la anécdota.
Como el legislador había ido tan lejos, otros legisladores autorizaron a todos los parientes de una mujer a quien encontraran en la calle a que la besaran en los labios para cerciorarse de que no había bebido.
A las señoritas de Roma les surgieron infinidad de primos carnales en las vías públicas, en las ágoras, en los mercados, escrupulosos caballeros que se pasaban el día cerciorándose de que sus infinitas primas eran buenas cumplidoras de la ley.

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