Un cabrito rezagado del rebaño, era perseguido por un lobo. Volviese el cabrito y dijo al lobo: – Seguro estoy, lobo, de que soy ración tuya; pero para no morir indignamente toca la flauta para que baile. Al ponerse a tocar la flauta el lobo y el cabrito a bailar, los perros, que lo oyeron, se pusieron a perseguir al lobo. Y el lobo, volviéndose, dijo al cabrito: – Me está bien empleado porque yo, que soy el carnicero, no tenía que haberme metido a imitar a un flautista.

De este modo, quienes obran sin considerar las circunstancias, pierden incluso lo que tienen entre manos.

Esopo

El Tordo flautista
Era un gusto el oír, era un encanto,
a un Tordo, gran flautista; pero tanto,
que en la gaita gallega,
o la pasión me ciega,
o a Misón le llevaba mil ventajas.
Cuando todas las aves se hacer rajas
saludando a la aurora
y la turba confusa, charladora,
le canta sin compás y con destreza
todo cuanto le viene a la cabeza,
el flautista empezó: cesó el concierto;
los pájaros, con tanto pico abierto,
oyeron en un tono soberano
las folías, la gaita y el villano.
Al escuchar las aves tales cosas,
quedaron admiradas y envidiosas;
los Jilgueros, preciados de cantores,
los vanos Ruiseñores,
unos y otros corridos,
callan entre las hojas escondidos.
Ufano el Tordo grita; "¡Camaradas,
ni saben ni sabrán estas tonadas
los pájaros ociosos,
sino los retirados estudiosos!
Sabed que con hábil zapatero
estudié un año entero:
él, dale que le das a sus zapatos,
y alternando silbábamos a ratos.
En fin, viéndome diestro,
"vuela al campo -me dice mi maestro-
y harás ver a las aves de mi parte
lo que gana el ingenio con el arte."

Félix María Samaniego